Palabras de Idoia Santamaría al recoger el Premio Euskadi de Traducción
Discurso completo de Idoia Santamaría en la entrega del PREMIO EUSKADI 2020-11-19.
Buenas tardes.
1. La primera tarea es dar las gracias. Y yo tengo motivos. En primer lugar al jurado por premiar mi labor en las traducciones que se publicaron en 2019.
Mi segundo agradecimiento a los correctores que he tenido a mi lado en el proceso de traducción: Xabier Olarra, Maialen Berasategi y Juan Garzia; sin su corrección, recomendación, comentario y aupa el resultado sería distinto. La fase de trabajo de estos traductores es muy importante tanto el trabajo que realizan los correctores como el que luego nosotros vemos y aprendemos con ellos, y la destilación resultante siempre mejora el resultado. Si el trabajo de los traductores es, por definición, la sombra del autor, los correctores suelen estar en un rincón aún más oscuro, más difuso. Pero hay profesionales excelentes y todos tenemos mucho que aprender de ellos.
También quiero agradecer a Beñat Sarasola, sobre todo por las recomendaciones literarias rigurosas y siempre pertinentes que buscaba un modelo para preparar la traducción.
También quiero agradecer a los compañeros de Elhuyar, y especialmente al equipo de traductores y correctores de Elhuyar, donde he afilado el lápiz durante los últimos veinte años para poder abordar luego las obras literarias.
Y, por supuesto, a los de casa, porque mis obsesiones y crisis en el proceso de traducción me han llevado a la paciencia.
2. Para mí ha sido un privilegio sumergirme en el mundo de Bachmann y, de paso, en Europa Central durante unos meses, y cada tarde, al finalizar mi trabajo habitual en Elhuyar, poder ir de Usurbil a Klagenfurt y Viena a otra lengua y a otro país. Bachmann, austriaco, vivió en muchas ciudades europeas y pasó la mayor parte de sus años en Roma. Muchas veces le preguntaron por qué vivía en Roma si todas sus historias se situaban en Austria y, normalmente, en Viena. Él decía que nada más entrar en su despacho de Roma estaba en Viena y que en Viena estaba bien porque vivía en Roma, porque sin distancia no sería capaz de escribir.
Yo también firmaría estas palabras. Sin embargo, yo no vivía en Roma, sino en San Sebastián, pero me conformaba con ir todas las tardes de Usurbil a Klagenfurt o Viena; luego a media noche, como la Cenicienta, volvía a casa para llegar a Usurbil a tiempo al día siguiente. Es bonito vivir en otra lengua, aunque sea por horas, y ser consciente de que eres alguien más en esa lengua y que tu voz también tiene otro tono. En la mayoría de los casos hablamos de la lengua meta, el euskera, en nuestro caso, aquí. Por una vez, quiero reivindicar el original: vivir en otro lugar con otras palabras y poder ir con ellas a otros lugares. No se paga en metálico. Y ese es uno de los privilegios de la traducción literaria: fundir en el original, huir con el original, adivinar en el original matices inéditos, comprender mejor que nunca una ironía, poner nombre a un olor, creer que vives en Viena…
3. Quiero terminar con una cita. Es de Anjel Lertxundi, del memorable libro Itzuliz usu begi; para mí, uno de los libros más bellos publicados en 2019 y el más elogio que jamás se ha escrito en euskera sobre la traducción y los traductores. El tema de la cita es qué campos de juego tendríamos que tener en la actualidad los creadores y los traductores, y hoy aquí hemos reunido a creadores y traductores, por lo que me ha parecido muy apropiado:
El arte es hoy el hábitat propio de la creación y la traducción. La estética es, libre en su concreto flexible, el fuero de ambas tareas. La literatura vasca se ha liberado de las famosas servidumbres vividas a lo largo de la historia: transmisor de la fe, impulsor del euskera, servidor de la ideología, espejo de la didáctica, y hoy podemos hablar de una literatura autoritaria. Cuando apostó por ello, con Aresti también estamos en deuda, la literatura adquirió una autonomía diferente a la que hasta entonces había supuesto un gran beneficio para la literatura, pero también para el propio euskera. Pero le benefició en profundidad, en el núcleo en el que confluyen todas las palabras, en la capacidad estética del lenguaje. La estética recoge, como una sábana, lo que Benjamín llamaba poeticidad. Y si de vez en cuando somos capaces de sentirnos algo así con las creaciones y traducciones en euskera, ¡nosotros en las dulces!
Estamos trabajando en un trabajo que hemos elegido, y que siempre llorando no es agradable, que nos muestre el orgullo del trabajo bien hecho no se ha pecado […].
La proyección de la República literaria tiene un ámbito mucho más limitado de lo que pensamos. Es para eso. No tiene fuerza extraordinaria ni en la socialización de su herramienta, la lengua. Deberíamos marcar el campo de la literatura en la calidad literaria y en el campo de la autoestima que esto puede generar en los hablantes.
Las perlas surgidas de su lengua y las traducidas a su lengua son los tesoros más apreciados para los hablantes.
Estoy totalmente de acuerdo con las palabras: tenemos que buscar calidad literaria a toda costa. Y creo que Bachmann también era una persona con Lertxundi, ya que muchas veces le preguntaron por qué dejó de escribir poesía tras triunfar con los dos primeros poemarios y recibir magníficas críticas. Él siempre respondía que había dejado de escribir poesía porque a partir de un momento le pareció que era capaz de escribir poemas pero que no sentía impulso para escribir poesía, y que no volvería a escribir poemas hasta que se sintiera de nuevo ese impulso. Decía que escribir sin peligro es firmar un contrato de seguro con una literatura sin valor.
Afortunadamente, cuando nosotros, los lectores, dejaron de escribir poesía, entre otras cosas porque Bachmann escribió este libro de cuentos.
Gracias a todos, de corazón y, sobre todo, a Ingeborg Bachmann.